sábado, 4 de abril de 2009

Qué lejos quedaba la sonrisa


De sentimiento a sentimiento
como dardos impregnados de veneno
volaban sin descanso los insultos
intentando derribar las murallas del contrario.
De pronto, en parábola perfecta,
le llegó el primero. Sobre un ojo.

Fue el que abrió una grieta en sus defensas
y vistió de luto riguroso su arrebato.

Bastardos de los celos y la ira,
implacables cirujanos de su arrojo,
fueron cayendo uno tras otro,
hasta extirpar poco a poco su entereza
y barrenar la fuerza de su instinto.

Entre borrascas de alcohol,
disculpas mendigadas y perdones concedidos,
hubo tantas tormentas cada año
y eclipsaron el sol a tantos días,
que su miseria acabó acostumbrándose
a un cruento genocidio de promesas,
a esconder el temor en su mirada,
al estruendo del puño en pleno rostro,
al eléctrico escozor de la piel tras cada cintarazo
o al lúgubre crujido del zapato contra el hueso.
Sólo el pavor a las irascibles consecuencias
y la sumisa moral educativa
inseminada en colegios religiosos,
lograron que no aireara al mundo
el amargo dolor de su fracaso
y aprendiera a arrebujarse en su defensa
intentando que los golpes dejaran menos marca,
sin encontrar jamás una válvula de escape.

Qué lejos quedaba la sonrisa
de aquella fotografía donde vestía de blanco
y cuánto odiaba ahora aquel momento.

La felicidad es una utopía inalcanzable,
se repetía día tras día,
olvidando en su ceguera que el horizonte
no acababa en el umbral de su puerta
y que sólo un paso más allá
hay siempre un tren esperando
con parada obligada en la estación Esperanza.

Y cuando quiso reaccionar ya fue tarde,
llevaba asimilado hasta la médula
el mordisco de la muerte en cada golpe,
el espanto de los lirios en el rostro,
el pavor atravesando las pestañas,
y la sangre gritando a borbotones
su cálido y húmedo escalofrío
por los huecos de veinte cuchilladas.

Ni siquiera alcanzó a oír
el seco sonido de la muerte
al golpear la acera con su rostro.

© A.U.C. ~ Octubre 2008

Esos malditos bastardos

      Ved que entenderme es muy sencillo, basta con saber que hay veces que las palomas del tiempo me sobrevuelan nosta...