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martes, 17 de agosto de 2010

Jugando a rimar





















Los ardores de mi tía Marta


Cierto día, mi tía Marta,
retorcida y quisquillosa
desde que ya no la acosa
Thunhanthón con sus dos cuartas,
dicen que escribió una carta
de su puño y letra, en prosa,
harto dolida y quejosa
porque no haya quien comparta
las mieles de sus delirios.

Y dicen que la envió
al Cielo, que se llevó
a aquel cirio entre los cirios,
a aquella gloria de nardo
al infierno de los lirios,
al mejor de los egipcios,
a aquel Thunhanthón gallardo,
que era maestro en el oficio
de tapar sus orificios
con la furia de un leopardo.

La carta en sí era un poema
por las cosas que ponía.
Os contaré qué decía,
aunque es algo verde el tema:

En su súplica exponía,
que el alma llena de pena
tenía desde el triste día
en que su cueva vacía
se dormía y se amanecía,
porque ni una berenjena
visitaba su alacena...
Que ella de ardor se moría
porque la sangre la hervía,
y que siempre estaba llena
de picores todo el día.

El cartero, muy astuto,
al ver el destinatario,
por no llevarla al vicario
-quién el sexto mandamiento
le recordaba a diario-
abrió la carta al momento,
y enterado del evento,
dio acomodo a su atributo,
y aunque era sexagenario
quiso hacer de intermediario;
miró para el horizonte
y puso rumbo a la casa,
donde mi tía se abrasa
porque ya no hay quien la monte.

De las cosas que ocurrieron
después de aquestos sucesos,
no hablaré, que sería exceso,
mas parece que vivieron,
dando juego a la cintura,
unos meses de locura,
que fue, según el tendero,
lo que dio de si el cartero
hasta que un día sepultura
fue a darle el sepulturero.

Recién llegada del duelo
mi tía escribió otra carta
dándole gracias al Cielo
por dolerse de su anhelo,
más le pidió -¡qué lagarta!-
que el cartero que reparta
sea más joven y más fiero.

Y así mi querida tía,
una carta cada día,
en cuanto acaba la misa
lleva a correos y, sin prisa,
esbozando una sonrisa
y con pose de modelo
pregunta de un modo artero
al nuevo y joven cartero
por ver si pica el anzuelo:

¿Tienes algo para mi,
apuesto y joven cartero,
extraviado por aquí,
que me haya enviado el Cielo?

© Antonio Urdiales ~ Mayo de 2003

martes, 3 de agosto de 2010

Buenos días, silencio

















Cuando apenas si le quedan sombras a la aurora
ni minutos al reloj que me condena,
eternamente traviesos,
danzan los arpegios del silencio
por las cuerdas vacías del pentagrama.

Otra derrota más
que se derrama por el folio en blanco
en este ocaso ambiguo, sin linternas,
bajo este mismo cielo de soles eclipsados
que va difuminando en sombras la noche
mientras que por el sur de nuestra vergüenza acomodada
el hambre sigue borrando la sonrisa de los niños
y Gea, enfadada y vengativa,
derriba los tímidos corsés que la imponemos,
mientras mis musas se quedan atrapadas
en la espesa telaraña del ensueño
y el verso, casi siempre esquivo,
hoy, de nuevo, es utopía de ideales
que conjugo en futuro imperfecto
y que, embriagado en la tensa espera taciturna,
termina ahogado en su propio vómito.

Pero incansable el tiempo,
se columpia lúdico del péndulo
y marca el paso que disipa la existencia,
mientras desgrana sus tic-tac en soledades,
que naufragan en el mar embravecido
de este invierno encallado en su cruda crudeza,
y que a base de lodos, catástrofes y muertos,
no repara que por aquí,
por los juzgados corruptos de esta España nuestra,
se celebra un aquelarre vergonzoso
mientras que, ajena al frío,
a su deber y al deseo de todo un pueblo,
detrás del llanto lánguido de los cristales,
la justicia también se prostituye
y permite que los jueces,
al igual que ocurre con las putas,
le vendan a cualquiera sus favores.

Una tenue luz de amanecida
va difuminando la ventana en las paredes
y acelera los tic-tac que galopan irreverentes
por los surcos sudorosos de mis ansias,
mientras el eco agrandado de sus pasos
atraviesa el mutismo gregoriano de los claustros
y me golpea sin piedad los tímpanos
para saltarse a la torera mis angustias.

Continúa amenazando lluvia por los cerros
y por la vida seguirán los huracanes
sin que podamos realizar el exorcismo que nos salve.

Juguetón se asoma el sol tras una nube
y recojo mis últimos despojos,
tic-tac, que se derraman
como lágrimas dolientes del deseo,
sudarios que amortajan la esperanza.

Buenos días, silencio.

© Antonio Urdiales – Marzo 2010