sábado, 19 de marzo de 2011

La paz de su silencio (Poema para el día del padre)






Tal vez, como nació
donde la tierra es siempre ancha
y el sol entre amapolas dora trigos,
se acostumbrara a la voz grave del arado
delineando surcos hasta el cielo
o al gesto sincero de la hoz en la gavilla,
mientras libre del lastre cotidiano
la mente volaba a las estrellas.

O tal vez, como jugó después
de sol a sol con la pobreza,
forjara sobre el trillo resecado
mil sueños de juegos increíbles
mientras giraba y giraba en la parva
al paso perezoso de las mulas,
que sometidas al rigor del yugo y de su voz
iban desgranando las espigas cosechadas,
o canturreando apenas en susurros
recuerdos de un colegio prematuramente abandonado:
Dos por dos, cuatro… tres por dos, seis…
pero siempre con la mirada serena
fundida más allá del horizonte,
sin sospechar que el futuro sería un desvarío,
en forma de guerra fratricida y celda oscura,
que se llevaría diez años de su vida.

Llegaron después otros vientos de miseria,
tiempos de hambruna y de postguerra vengativa,
de ostentosa demencia bajo palio
que aplicó oxidados cerrojos a la aurora,
amordazó a la brisa fresca su susurro
y se redimió entre misas a destajo,
pútridos huesos de santa en la mesilla
o el rezo constante de meapilas
adoradores del parduzco fru-frú de las sotanas.

Tal vez, por ello,
llevara el poso de la vida
agotado de palabras sospechosas
y a sus sueños de bohemia lucubrada
les sobraran surfeo de terrones
y les faltaran diccionarios sometidos
o tal vez fuera
que jamás le tuvo miedo a lo imposible
ni se amoldó a la paz acobardada
que impone siempre el yugo dominante.

Aburrido de silencios exiliados
se fue un nueve de septiembre
a buscar el suyo
cuando la aurora desnuda
se paseaba coqueta entre olivares
y la noche callada, inmensa,
cansada de cantarles nanas a los gorriones,
que mientras soñaban su ración de saltamontes
dormitaban en la paz del viejo sauce,
se retiraba agotada, igual que él,
en busca de la paz de su silencio.

A la memoria de mi querido padre.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® 09/2008

martes, 8 de marzo de 2011

Mucho ruido y pocas nueces




Presumía, siempre, un lirón
de tener gran herramienta
y una “lirona”, que hambrienta
tenía su condición,
le invitó hasta su rama
para “in situ” comprobar
si era cierto y disfrutar
con el Lirón en su cama.

Mas cuando hubieron llegado
comprobó muy sorprendida
que del arma pretendida,
de la que él había hablado,
tras tomarle la medida
no había ni para un bocado.

Y así le dijo al Lirón
viendo el tamaño del arma:
¡Lironcillo de mi alma!...
¿sólo hasta ahí se te empalma?
¡Si es como la de un ratón!
¡La de mi novio sí que era!…
¡Qué herramienta! ¡que hermosura!
pero era tan caradura
que murió en una huronera
mientras amaba a una hurona.
Mortalmente cayó herido
a manos de su marido,
que lucía como corona
los cuernos que le había puesto.
Y con ellos le atacó
cuando él ya acababa el sexto.
Y así es como lo mató
un cornudo descompuesto.

Pero en fin ya que aquí estamos
y aunque tan pequeña sea…
Ven aquí, deja que vea
de qué forma disfrutamos,
a ver si después de todo
esta noche duermo sola.

Mira, levanta mi cola
y a ver si encuentras el modo
de ubicar esa cosilla…

¿Qué si me haces daño -dices-
con la punta de tu quilla?
La cosa tiene narices.
-Pues sólo me haces cosquillas.

Y es que gasta mucha guasa
este invento del amor
y así pasa lo que pasa
que a unos les falta masa
y a otras nos sobra ardor

¡Ay! cuánto ha de sufrir una
en cuanto sale la Luna
para apagar su pasión.

Atácame sin conciencia
¡muévete un poquito, guapo!
verás que pronto destapo
el tarro de las esencias.

¡Ay! Qué vida tan canalla
en este mundo de machos
-y lo digo sin empacho-
la de lirona fogosa:
Los lirones nunca callan
y hablan tanto de su cosa
y de forma tan rumbosa
que a la primera ocasión
que tienen de demostrarlo,
resulta que hay que adornarlo
de mucha imaginación
para que dé las medidas
de las que se ha presumido,
y a nosotras compungidas
-pues siempre nos sobra nido
para dar buena acogida
a todo un amplio surtido
de esas cosas tan sentidas-
nos dejan algunas veces
ante tantas pequeñeces
como dice el hortelano
de tormentas de verano:
¡¡¡Mucho ruido y pocas nueces!!!

© - Antonio Urdiales Camacho




Esos malditos bastardos

      Ved que entenderme es muy sencillo, basta con saber que hay veces que las palomas del tiempo me sobrevuelan nosta...