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viernes, 7 de mayo de 2010

Quiero hablar de ti y de mí

.



























De nuevo, recojo los escombros de mi voz rota
para hablar de ti y de mí, ahora que duermes,
cuando la palabra cansada que te habita
se ha quedado dormida entre nosotros
y yo velo tu desnudez entre las sábanas,
y me abrazo dulce al tibio aroma de tu cuerpo
para no molestar los sueños que te ocupan.

En estas horas peregrinas de recuerdos
y en este silencio terco de soles y susurros,
antes de que el sopor me nuble la memoria
pero después de que haya cantado el gallo por tres veces,
no voy a fingir más fortaleza que la justa,
para confirmarte que a pesar de que piensas lo contrario,
nunca he tenido la dureza del topacio,
que como tú yo también a veces me derrumbo,
y que ante el beso asesino de la vida
camuflo tras la sombra oscura de un silencio
el fracaso avergonzado de seguir navegando a toda vela
por laberintos sembrados de dogmas ya inventados,
aunque siempre a favor del vértigo natural de mis arterias,
lo que a menudo me obliga a bogar contra corriente.

Hay veces, también, a qué negarlo,
que el cansancio me horada las entrañas,
y el temor de no haber llegado hasta tu meta
se hace pálpito y se funde con mi aliento
cuando siento que hasta mis dioses abatidos,
reculan ante la duda de su instinto
y han perdido ya su eternidad en el paraíso.

Y ahora, cuando un eco de deseos incumplidos
comienza a difuminar el horizonte inaccesible,
quiero hablarte así, de mente a mente,
del poso de dolor que oculta mi sonrisa,
erosionada por soles eternos en la brega
intentando evitar ser náufrago en las olas
de este océano bravucón e indescifrable que es la vida,
y pedirte perdón por obsequiarte, quizás, tanto desengaño,
tal vez, porque a menudo aposté mi resto a una jugada,
cuando el futuro es siempre tahúr experto
que invariablemente juega con los dados cargados,
o, tal vez, porque en la eterna ceguera de mi suerte,
un eclipse de sol me negara la luz en mi viaje
y aún no haya podido bajarte la estrella prometida.

Mas no quisiera desnudarme sólo a medias
ni dejar escondido en las sombras de lo inconcluso
ningún resquicio por donde la duda asome sus quimeras,
que es hora ya de agradecerte, sin ambages,
que el dulce equilibrio de tus pétalos sutiles
aromara con su encanto la locura juvenil
que se saltaba a la torera mis trincheras,
la sinceridad de ser tan tú como tú eres,
los dos rayos de sol con que alumbraste nuestras vidas
y las infinitas dulzuras que sembraste
por los surcos desbocados de mi instinto.

Pero llega el momento de plegar velas
y abandonar el sereno mar de los recuerdos,
que regresa el alba a insuflar vida a los sueños,
a conquistar el reto oscuro de las chimeneas
y a pintarles color a las petunias en el parque.
Por el aire renacen nuevos lamentos de campanas
y el milagro del día a día vuelve a hacerse cotidiano
mientras que yo, por defender mis rincones derruidos,
dibujo, sin complejos, a partir de tu aroma la sonrisa,
recargo, sin pereza, una vez más mis sueños de esperanza
y acorto, sutilmente, la distancia en el abrazo,
que es terca la razón esta de amarte
y la tristeza nunca resistió, al menos en mi caso,
los cálidos embates del deseo.

Buenos días, amor.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Mayo 2010

sábado, 21 de febrero de 2009

Buenos días, tristeza














Cuando la luna se esconde
se recoge el silencio de las sombras
que han lamido los aullidos de los perros.


Casi sin estruendo,
musitando apenas,
gemidos de un poema inacabado,
derrumban 
                    agotados 
                                      los cimientos
que sostuvieron castillos en el aire
y me sirvo la última copa de amargura.

Corsario de sueños imposibles,
el sol del amanecer despeja
los restos del naufragio del delirio
y transborda a su bajel de realidades
el cofre cicatero de un tesoro
repleto de miserias cotidianas.


Derrotadas,
las ilusiones rompen esclusas
y desbordan una lágrima furtiva
que resbala lenta hasta la copa.


Se aprietan los dientes hasta la queja del crujido,
se espantan los quebrantos de las dudas
y la mirada desafía retadora el horizonte.


Temblorosa,
la rutina toma la copa
y la vida,
ardiente de soledad,
se traga en su lánguida miseria
la lágrima y la amargura.


Buenos días, tristeza.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Marzo 2003

jueves, 5 de febrero de 2009

Cinismo existencial















Porque en la abstracta telogía de las palabras
vivir y morir son verbos tan parejos
que se conjugan siempre al mismo tiempo,
dejaré la soga o el disparo a los cobardes
y el salto mortal desde el puente a los herejes,
enterraré, sin inmutarme apenas,
en el santuario concurrido de la ausencia,
el miedo ancestral a los sepulcros
y me iré suicidando poco a poco hasta mi noche,
sudando a fuego lento el día a día.


Que no es otra cosa la vida
que un suicidio ejecutado por entregas
donde caben unos pocos regocijos
y, como contrapunto, todos los tormentos.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Octubre 2008

A VECES

    A veces, sólo a veces, entre los brazos nerviosos de la espera, mientras surfeo soledades por las áridas dunas de mis pesadillas...