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sábado, 25 de septiembre de 2010

Hoy, 20.000 niños morirán de hambre


















Ni tras las hojas del roble poderoso
el sol se rompe en mil pedazos…
ni la brisa retoza juguetona con el trigo
bajo la cintura entallada de la tarde…
ni dibujando contrastes tras los cerros
el ocaso incendia cárdenos suspiros…
ni vestida de novia la Luna
arrastra, coqueta, su encaje blanco
por la copa del viejo roble solitario…

Salvo el dolor
navegando océanos de recuerdos,
nunca queda nada… nada,
tras el pálido aliento de la muerte.

Y nada te quedó, poeta,
tras la niebla holgada de su ausencia.

Hoy, embriagado de horas solitarias,
en el compás que compone tu amargura,
sobre el pentagrama diáfano del tiempo,
sólo cuelga sus corcheas el silencio.

Pero ¿desde cuándo el lánguido lamento
fue tu copla predilecta?
¿desde cuándo el fracaso tu cilicio?
¿desde cuándo las fraguas forjan llanto?

Sal poeta del marasmo de tu angustia
y rasga el ansia insolente que te asfixia
hasta ampliar el horizonte de tu pena
y abrir un nuevo frente de batalla,
porque, al igual que ayer, hoy
veinte mil niños morirán de hambre.


© Antonio Urdiales Camacho ~ 10/2006

martes, 17 de agosto de 2010

Jugando a rimar





















Los ardores de mi tía Marta


Cierto día, mi tía Marta,
retorcida y quisquillosa
desde que ya no la acosa
Thunhanthón con sus dos cuartas,
dicen que escribió una carta
de su puño y letra, en prosa,
harto dolida y quejosa
porque no haya quien comparta
las mieles de sus delirios.

Y dicen que la envió
al Cielo, que se llevó
a aquel cirio entre los cirios,
a aquella gloria de nardo
al infierno de los lirios,
al mejor de los egipcios,
a aquel Thunhanthón gallardo,
que era maestro en el oficio
de tapar sus orificios
con la furia de un leopardo.

La carta en sí era un poema
por las cosas que ponía.
Os contaré qué decía,
aunque es algo verde el tema:

En su súplica exponía,
que el alma llena de pena
tenía desde el triste día
en que su cueva vacía
se dormía y se amanecía,
porque ni una berenjena
visitaba su alacena...
Que ella de ardor se moría
porque la sangre la hervía,
y que siempre estaba llena
de picores todo el día.

El cartero, muy astuto,
al ver el destinatario,
por no llevarla al vicario
-quién el sexto mandamiento
le recordaba a diario-
abrió la carta al momento,
y enterado del evento,
dio acomodo a su atributo,
y aunque era sexagenario
quiso hacer de intermediario;
miró para el horizonte
y puso rumbo a la casa,
donde mi tía se abrasa
porque ya no hay quien la monte.

De las cosas que ocurrieron
después de aquestos sucesos,
no hablaré, que sería exceso,
mas parece que vivieron,
dando juego a la cintura,
unos meses de locura,
que fue, según el tendero,
lo que dio de si el cartero
hasta que un día sepultura
fue a darle el sepulturero.

Recién llegada del duelo
mi tía escribió otra carta
dándole gracias al Cielo
por dolerse de su anhelo,
más le pidió -¡qué lagarta!-
que el cartero que reparta
sea más joven y más fiero.

Y así mi querida tía,
una carta cada día,
en cuanto acaba la misa
lleva a correos y, sin prisa,
esbozando una sonrisa
y con pose de modelo
pregunta de un modo artero
al nuevo y joven cartero
por ver si pica el anzuelo:

¿Tienes algo para mi,
apuesto y joven cartero,
extraviado por aquí,
que me haya enviado el Cielo?

© Antonio Urdiales ~ Mayo de 2003

A VECES

    A veces, sólo a veces, entre los brazos nerviosos de la espera, mientras surfeo soledades por las áridas dunas de mis pesadillas...