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jueves, 13 de enero de 2011

Polifónico silencio



Siempre ha orbitado mi polifónico silencio
en el magma medular de mil metáforas
que sin punto de referencia en cada huella
emergen por la oscura chimenea del desvelo,
cuando el eco infinitesimal de mi voz muda,
renace tras la umbra cuántica de cada eclipse
y florece en la esencia piroclástica de un poema.

Así es como escribo,
sin manías ni artificios que engalanen mis carencias,
a veces, transitando el vuelo fugaz de una libélula,
otras, cabalgando tristezas por los flecos del abismo
y las más, profundizando hologramas de miserias,
pero siempre persiguiendo lo insondable,
alumbrado por la luz del sentimiento
y sin temor a las ardientes tormentas siderales,
ni a que mis barcos encallen derrotados
entre los dulces cánticos de sal de las sirenas.

Hay, es cierto, una tensión tectónica en mis singladuras
cuando alfarero de versos, con mis manos sobre el folio,
de barro telúrico moldeo cada sueño y le doy forma,
mientras el alma de la lluvia me late en el costado
y empujado por cáusticos vientos de entereza
un fuego sideral incendia las sombras de mis dudas
y me recorre irreverente las arterias.

© Antonio Urdiales ~ Enero 2011

martes, 30 de noviembre de 2010

Mar adentro





Cuando el sol descienda enrojecido
y atrevido se salte el horizonte
derrotada de ausencia
regresarás hasta la arena en penumbras
que esculpió la ardiente desnudez de nuestros cuerpos
y que la espuma borró tras mi último silencio.

Cansada de soñar fuera del tiempo,
escarbarás en la brisa
por si prendido en los flecos de su aroma
trajera algún atisbo de mi esencia
y escucharás atenta el lánguido lamento de las olas
por si surfeando silencios
te llegara el canto lejano de mi abismo.

Mas, ya, nada te hablará de mí,
ni el sol, ni las gaviotas,
ni la arena de la playa, ni las olas,
ni siquiera el húmedo gemido
que lloroso susurra el acantilado
te llevará el eco mudo de mi voz rota.

Tampoco el pálpito fugaz de las estrellas
que se inventan estelas de luz
donde dejan sus huellas tus deseos
serán senderos que anunciarán mi regreso,
porque, en la soledad donde habitará mi sosiego,
no se le abren nunca caminos al regreso.

Sólo el pálido silencio de la Luna
sabrá de mi epitafio mar adentro.


© Antonio Urdiales Camacho ~ Noviembre 2010

jueves, 4 de noviembre de 2010

Buenas noches, tristeza





Al caer la tarde
languidece la sonrisa de las flores.
Somnolientos los gorriones en sus nidos
ahuecan el plumaje y acallan su algarabía
mientras sueñan con eternas primaveras
o con campos de alpiste interminables.

Es esa hora transgresora,
del aroma fresco de la hierba,
que desciende del monte por el valle
y se mezcla con la brisa perfumada
por la esencia del maíz o de la alfalfa;
del trovador susurro del riachuelo
que evaporado de soles
divaga anhelando lunas
espejeando soledades de oro por el valle,
humedeciendo las ternuras de mimbrales y junqueras.

Desde la cúspide del suspiro
la luz se derrama a dos colores
sobre el tapiz de un horizonte que se esconde
dibujando sombra en los canchales
y sembrando sosiego en el alma, de tan bella.

Es la hora serena del encanto
del croar amoroso e insistente
de las ranas en las charcas
o el monótono canto de los grillos.

La hora relajada del anhelo,
de la espera taciturna de una ausencia,
del baño cotidiano de memoria
que obliga a bucear por los recuerdos
tras constatar la rutina del fracaso,
esa hora, en fin, donde al pairo de los recuerdos
se rumian callados los quebrantos
o se mascan los gritos al desgaire
porque el pulso triste del latido
tensa las cuerdas del pecho
y le arranca un suspiro al inconsciente
mientras siembra humedad en las pupilas.

Buenas noches, tristeza.


Antonio Urdiales Camacho ~ Junio 2003

viernes, 8 de octubre de 2010

Fluirá el tiempo en rápido torrente

























El polvo del camino irá difuminando mi recuerdo
y el fuego del hogar, otrora llama viva,
tímido rescoldo será de mi presencia.

Fluirá entonces el tiempo en rápido torrente,
que arrastrará imparable el eco de mi sombra,
la luz del día te traerá tonos de olvido
y por las rocas, juguetona, saltará la tarde.

Mas, en la noche, el silencio será mudo testigo
del vacío de mi hueco sobre el lecho.

Eternamente descarado,
el deseo incendiará tu memoria,
arderás sin paz en el volcán de los recuerdos
y tu piel,
apremiada por el acoso vehemente de tus dedos,
evocará las dulces caricias de mis manos,
mas sólo la almohada apagará tu gemido solitario.

Después, llegará salvadora la mañana,
que tenderá puentes entre tus abismos de nostalgia
y tras las nubes traerá el Sol hasta tu ventana.

Dorarás hábilmente de trigo tus ojeras
sembrarás los pómulos de suaves amapolas
y volverás sonriente a este lado del espejo.

Mas, de nuevo, el ocaso inquietará la tarde
e insolente llegará la noche hasta tu alma.

En la penumbra intentarás acariciar mi ausencia
y desandar el tiempo hasta encontrar mi abrazo
para borrar aquel adiós de tus palabras...

Vano intento, pues la brisa callada y cálida
silenciará en la arena del desierto tus suspiros
y disipará el espejismo atormentado de tus lágrimas.

© Antonio Urdiales ~ Marzo 2010

viernes, 18 de junio de 2010

Así, entre nosotros




Confirmaron las runas su tétrico presagio
y nada aconteció como auguraban los sueños.

Hoy, harto de mentirme por arenas vagabundas,
me siento al relente del raso de la noche
y medito al pairo del rocío de los párpados
si partir en verdad fue necesario
si en verdad fue imprescindible tanta ausencia
porque así, entre nosotros,
nunca hallé Eldorado de encontrarme.

Y aunque al regresar los pasos
jamás coincidan con las huellas de abandono
que en mi locura apresurada dejé al partir,
ni mis palabras encuentren un lugar junto a tu oído,
ni tan siquiera una mirada furtiva
sonroje estos versos indolentes,
desnudo de silencios arraigados,
que desvelan poemas imposibles,
retornaré por senderos de locura
hasta el sol de tus laderas, complaciente,
porque ya no puedo contener más este ansia,
ni aguantarme la mirada sin romperme,
sin que se muestre tu rostro en mis pupilas
y deguste tu aliento con mi boca
mientras me nombras el más canalla de tus dulces
y te haces miel entre mis brazos.

Porque, así, entre nosotros,
reconozco que siempre me espantó el silencio
que no soporto la soledad de mi sombra en las paredes
y que me asfixia el azogue envenenado
de la callada y lisa voz de los espejos.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Febrero 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

Quiero hablar de ti y de mí

.



























De nuevo, recojo los escombros de mi voz rota
para hablar de ti y de mí, ahora que duermes,
cuando la palabra cansada que te habita
se ha quedado dormida entre nosotros
y yo velo tu desnudez entre las sábanas,
y me abrazo dulce al tibio aroma de tu cuerpo
para no molestar los sueños que te ocupan.

En estas horas peregrinas de recuerdos
y en este silencio terco de soles y susurros,
antes de que el sopor me nuble la memoria
pero después de que haya cantado el gallo por tres veces,
no voy a fingir más fortaleza que la justa,
para confirmarte que a pesar de que piensas lo contrario,
nunca he tenido la dureza del topacio,
que como tú yo también a veces me derrumbo,
y que ante el beso asesino de la vida
camuflo tras la sombra oscura de un silencio
el fracaso avergonzado de seguir navegando a toda vela
por laberintos sembrados de dogmas ya inventados,
aunque siempre a favor del vértigo natural de mis arterias,
lo que a menudo me obliga a bogar contra corriente.

Hay veces, también, a qué negarlo,
que el cansancio me horada las entrañas,
y el temor de no haber llegado hasta tu meta
se hace pálpito y se funde con mi aliento
cuando siento que hasta mis dioses abatidos,
reculan ante la duda de su instinto
y han perdido ya su eternidad en el paraíso.

Y ahora, cuando un eco de deseos incumplidos
comienza a difuminar el horizonte inaccesible,
quiero hablarte así, de mente a mente,
del poso de dolor que oculta mi sonrisa,
erosionada por soles eternos en la brega
intentando evitar ser náufrago en las olas
de este océano bravucón e indescifrable que es la vida,
y pedirte perdón por obsequiarte, quizás, tanto desengaño,
tal vez, porque a menudo aposté mi resto a una jugada,
cuando el futuro es siempre tahúr experto
que invariablemente juega con los dados cargados,
o, tal vez, porque en la eterna ceguera de mi suerte,
un eclipse de sol me negara la luz en mi viaje
y aún no haya podido bajarte la estrella prometida.

Mas no quisiera desnudarme sólo a medias
ni dejar escondido en las sombras de lo inconcluso
ningún resquicio por donde la duda asome sus quimeras,
que es hora ya de agradecerte, sin ambages,
que el dulce equilibrio de tus pétalos sutiles
aromara con su encanto la locura juvenil
que se saltaba a la torera mis trincheras,
la sinceridad de ser tan tú como tú eres,
los dos rayos de sol con que alumbraste nuestras vidas
y las infinitas dulzuras que sembraste
por los surcos desbocados de mi instinto.

Pero llega el momento de plegar velas
y abandonar el sereno mar de los recuerdos,
que regresa el alba a insuflar vida a los sueños,
a conquistar el reto oscuro de las chimeneas
y a pintarles color a las petunias en el parque.
Por el aire renacen nuevos lamentos de campanas
y el milagro del día a día vuelve a hacerse cotidiano
mientras que yo, por defender mis rincones derruidos,
dibujo, sin complejos, a partir de tu aroma la sonrisa,
recargo, sin pereza, una vez más mis sueños de esperanza
y acorto, sutilmente, la distancia en el abrazo,
que es terca la razón esta de amarte
y la tristeza nunca resistió, al menos en mi caso,
los cálidos embates del deseo.

Buenos días, amor.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Mayo 2010

sábado, 6 de febrero de 2010

Poco a poco






Como heridas de plomo
las alas de los ojos,
le fueron anclando la mirada a la ventana
y el jilguero alegre de su verbo,
-amante natural desde la infancia-
con el vuelo derrotado de horizontes
acabó prisionero taciturno
en la oscuras celdas del silencio.

Aún decía mi nombre en el ocaso
y me preguntaba por ti, Josefina,
cuando abrazada dócilmente a su letargo
con ese paso cansado del regreso
fue rompiendo los lazos afectivos
que la unían a un presente desbocado
y retornó por hebras de recuerdos
a la eterna espera del amado
ante la puerta de una cárcel donde,
vencido en la guerra, se pudría el terror
al chirrido letal de los cerrojos al amanecer;
o a las fabricas de un París almidonado
donde emigró su hambre adolescente
y donde la alegría de su hermana
acabó agonizando bajo las ruedas de un coche;
o hasta la plaza polvorienta de su pueblo
donde quizás le diera el primer beso al esperado,
sin entender por qué a este lado de su vida,
inflamado del enraizado amor de hijo que me habita,
un desconocido abría la puerta de su intimidad
y le atusaba sus cabellos plateados con paciencia
o abrazaba con ternura sus momentos del pasado,
y en su ceguera
le daba cariñosos besos a su infancia.

Y poco a poco,
como se evade la fragancia de un aroma,
el paso ágil de su sombra
fue dejando de dibujarse en las paredes
y se fue disponiendo para el sueño,
amarrada a una silla de ruedas, primero,
y anidada entre sábanas, después,
hasta que el aliento,
una vez marchita la esperanza,
comenzó a divorciarse del deseo
y sin ruido alguno, como fue su vida,
gastó su último suspiro,
tomó su tren hacia su noche
y se hizo recuerdo eterno en mi memoria.

A la memoria de quien el Alzheimer me fue robando poco a poco, mi querida madre.

© A.U.C. ~ 22 Enero 2010

sábado, 21 de febrero de 2009

Buenos días, tristeza














Cuando la luna se esconde
se recoge el silencio de las sombras
que han lamido los aullidos de los perros.


Casi sin estruendo,
musitando apenas,
gemidos de un poema inacabado,
derrumban 
                    agotados 
                                      los cimientos
que sostuvieron castillos en el aire
y me sirvo la última copa de amargura.

Corsario de sueños imposibles,
el sol del amanecer despeja
los restos del naufragio del delirio
y transborda a su bajel de realidades
el cofre cicatero de un tesoro
repleto de miserias cotidianas.


Derrotadas,
las ilusiones rompen esclusas
y desbordan una lágrima furtiva
que resbala lenta hasta la copa.


Se aprietan los dientes hasta la queja del crujido,
se espantan los quebrantos de las dudas
y la mirada desafía retadora el horizonte.


Temblorosa,
la rutina toma la copa
y la vida,
ardiente de soledad,
se traga en su lánguida miseria
la lágrima y la amargura.


Buenos días, tristeza.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Marzo 2003

jueves, 22 de enero de 2009

Para mi victoria sin laurel, o tu derrota















Se te había quedado ciega la cordura,
y en tu victoria sin laurel
o en mi derrota,
ya no hallabas espacio para el tiempo
ni corazón para otra puñalada.


Y así
ensangrentado aún de palabras,
para no barrenar en tus dolores
rendí mi sufrimiento a tus miserias,
envainé
en la tímida sombra de un suspiro
los verbos que a tu pecho destinaba,
y abatido
como un jirón de nube
en el cárdeno viento del ocaso,
para mi victoria sin laurel
o tu derrota,
te obsequié todo el campo de batalla.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Agosto 2006

lunes, 19 de enero de 2009

Dónde la palabra















De nuevo amanece en silencio mi mañana
pero dónde
dónde la palabra.

Dónde la voz sin par de los poetas,
dónde los hombres,
dónde las naciones,
mientras las huestes de Sión
se bañan impunes
en la sangre aún caliente
de casi quinientos niños asesinados

Decidme en qué organismos
o en qué despachos
dirigidos por ineptos vestidos de Armani ,
o en qué casa blanca con derecho a veto,
y por qué oscuros intereses
la debilitada voz de Ban Ki Mun
se pierde como graznido de oca,
sin producir eco alguno.

Decidme dónde,
dónde la paz de una sonrisa infantil en Gaza
o en qué Mar Muerto se pierden las lágrimas
del llanto de todas las madres del mundo
que no logran apagar el fuego
de la ira terrible del sionismo.
Decidme dónde,
dónde la palabra,
dónde…
dónde...

© Antonio Urdiales ~ ® Enero 2009

viernes, 16 de enero de 2009

El Nuevo Holocausto















A veces
se me hace sumamente necesario
incrementarles las horas a mis días,
sacar mi timidez a la palestra
y llenar mis silencios de palabras caducadas
para intentar llamar a las cosas por su nombre.

Pero es difícil,
sobre todo cuando por el gueto de Gaza
se pasea el lúgubre fantasma de Guernika
y los buitres metálicos
de un Sión con kipá y genocida
convierten su estrella de seis puntas en una cruz gamada
y escupen su fuego letal sobre civiles
mientras danzan su particular danza de la muerte
y siembran su hedor apocalíptico por doquier.

Judea aplica drásticamente
lo que aprendió de Hitler
pero esta vez en carne palestina,
y hace renacer un nuevo Holocausto
tras el estallido letal de cada bomba,
y recrea en las escuelas infantiles
el macabro horror de los hornos crematorios
mientras tiñe las ruinas con sangre inocente
que mana aún cálida
de los cuerpos de los niños desmembrados.

Gaza y su miseria embargada,
herida mortalmente de silencio,
desangra su heroísmo en vano
porque queda demasiado lejos
del fariseísmo inoperante
de los cómodos despachos de la ONU,
de un Norte -con perdón- harto de sopas
de un Spielberg que enmudece estas listas.

A veces, sí, la angustia me impele a no callarme
para aliviar el fuego de mis lágrimas,
a enarbolar la bandera del pido la paz y la palabra,
y a escribir finalmente lo que pienso
para no olvidarme nunca de que existo.

© Antonio Urdiales ~ ® Enero 2009

jueves, 8 de enero de 2009

Se me ha perdido tu sueño




















Entre la tarde y la aurora,
amparado en el silencio,
en un recodo del lecho
o en una arruga del alma,
se me ha perdido tu sueño.

O en el canto del riachuelo
que salta de roca en roca
y baña mis sentimientos
para lavarles la cara,
se perdió tal vez tu sueño.

Acaso cayó entre el polvo
el que envuelve a los recuerdos
o en el rocío evaporado
voló cabalgando al viento
y fue en busca otro sueño.

O pudo ver reflejadas,
en el espejo del tiempo,
las nieves de su silencio,
y en busca de primaveras,
es que se marchó tu sueño

Quizá el velo de su cuerpo
anhelaba otras caricias
para encender nuevos fuegos
donde consumir sus ansias
y renacer nuevo sueño.

Tal vez se hallara cansado
de ser sólo un dulce sueño,
y aunque quisiera encontrarlo
y decirle que lo siento,
no puedo, no tengo sueño.



© Antonio Urdiales ~ ® Enero 1999

viernes, 12 de diciembre de 2008

Quiero que estallen mis silencios















Quiero que estallen mis silencios esta noche,
como estalla un volcán, en fuego vivo,
y con grito ronco romper el eco de la aurora,
para decirle al mundo que aún no he muerto.

Que, aunque vencido por tu ausencia
hibernaba abrazado un instante a mis angustias
hoy, por fin, algo quebró mi cobardía
y aquel sueño que perdí, de un aroma femenino,
ha quedado enterrado, finalmente,
bajo el polvo del camino recorrido.

Por las vidas no vividas que aún me quedan,
alzo mi copa y brindo jubiloso,
para beberme hasta las heces la alegría
que embriague las arrugas que en el alma llevo.

Comenzaré de nuevo a cabalgar los vientos
y cruzaré veloz de parte a parte
el rio de las nostalgias sin mojarme;
le robaré a la mañana su luz y su perfume,
saquearé al ocaso su paz y sus colores,
y exprimiré la locura desbocada de la noche.

Quiero atrapar desde el presente, sin distancias,
el humanismo en la ceguera de mi pluma,
desterrar como argumento la violencia,
y reencarnarme en la memoria del futuro.

Quiero amar de nuevo, hasta que salten
mis venas impulsadas por la sangre,
sentir de la vida su fragancia,
abrasarme en el volcán de mis pasiones,
y gozar, rebosando lava hirviente,
en los valles de las diosas descaradas

Buscaré la paz de una mirada amiga,
de un gesto fiel, de un beso tierno,
y atravesará mi sombra la luz de los espejos,
hasta encontrar el calor de una sonrisa amable.

Quiero exprimir la vida, hasta asfixiarla,
hasta sentir como saltan los goznes de las puertas
que me impiden mirar y ver que ocurre,
cuando agotada ya la tinta del tintero,
muera en el silencio de mi pluma,
y me pierda en la espiral del infinito.

© Antonio Urdiales ~ ® Diciembre 2000

jueves, 20 de noviembre de 2008

Esa aguja fría de silencio





















Lo que me hiere de ti
no son las dentelladas en seco
que incendian verbos de agónicas quimeras
derriban los muros de mi celda
y le arrancan mudos acordes a mi queja.

Lo que en verdad me hiere de ti
es esa aguja fría de silencio
que me clavas sádica en los ojos
cuando escondes al aliento las palabras.



© Antonio Urdiales ~ ® Mayo 2006



martes, 11 de noviembre de 2008

Bajo un puente de soles eclipsados













Entre los tímidos dedos,
manchados con tinta de silencios,
se me escurrió octubre hasta la palidez del folio
depositando su fatiga de hojas muertas
por los surcos de ceniza que amanecen mi vigilia

Se resiste noviembre a salir de su escondite
y yo sigo esperando el mosto afrutado de su estirpe,
por los mares sin respuestas de mis sueños,
para ver si esta muerte es tan sólo un espejismo
de la constelación de púlsares que duermen
bajo un puente de soles eclipsados

© Antonio Urdiales Camacho ® Oct 2008

domingo, 2 de noviembre de 2008

Memoria del tiempo


















Solía ser en la tétrica hora del silencio,
la del chirrido escalofriante de un cerrojo que se abre
o la del culatazo en la puerta anunciando que han venido,
cuando la noche, ajena a la muerte en las trincheras,
poco antes de escabullirse por el oeste,
abría cementerios en los campos
y la aurora, para no saber cómo suenan las descargas
ni el lúgubre chasquido de la nuca al desnucarla un tiro,
se negaba a ser testigo de vuestro último paseo
y retrasaba por el este su vergüenza

Sólo el aterrorizado vuelo de la lechuza espantada
quizá fuera testigo involuntario
del instante de plomo que asesinó vuestro futuro
pero… ¿dónde…
en qué cunetas… en qué muros o en qué tapias
bajo qué anónimos lodos, el odio
pretendió que no fuerais memoria?


© Antonio Urdiales Camacho. ~ ® 01 Nov 2008

jueves, 23 de octubre de 2008

Políglota de silencios















No pediré perdón por mi mutismo,
ni cuenta rendiré de mis ausencias.

Yo también recibí balas de olvidos,
que sangré en la paz de mi silencio,
pero no cargo deudas a la espalda,
de féretros de sombras extinguidas
que me lastren los pasos por la senda,
ni a mí me debe nadie, por supuesto,
un sinfín de palabras aguardadas.
Tampoco colecciono soledades,
ni siquiera abandono tras mi niebla
la hermosura sin par del arco iris

Soy políglota, sí, de mis silencios
que me suscribo, errante en el camino,
lanzando relámpagos desnudos
de árida y anoréxica cordura,
pero siempre aferrado en mis vaivenes
a la utopía florecida de mi credo.

Profeta al otro lado del espejo,
en una exhibición de compromiso
con palabra serena y la voz firme
critico a los glaciares su bulimia
y les cuento de selvas y de playas
que habitan más allá del horizonte.

Mas pronto regreso, resignado,
a esta locura, a este silencio añejo
que sin tardar devora a mi osadía
y desde él recompongo mi lenguaje
porque sólo el silencio, os lo aseguro,
es morada de todas las palabras
y se habla igual en todos los idiomas

© Antonio Urdiales Camacho ~ ® 11 Enero 2008

lunes, 13 de octubre de 2008

Donde arde en silencio la palabra















Aunque agotado ya de esperar tanto
regrese el sueño a adormilar los sueños;
aunque el corazón del ocaso lata
entre un eco de espejos enfrentados
que prolongan mi sombra al infinito;
aunque grite el reloj impenitente
que el ayer es un sueño irrepetible,
que acaricio ya el mañana con mis manos
y el alba se anochece tan deprisa…

O aunque la sed se beba soledades
y el canto se me asfixie en la garganta,
aún no seré cadáver de mí mismo
ni callará mi verso su miseria,
mientras la nube del dolor ajeno
descargue en mi vergüenza avergonzada,
como una puñalada negra y fría,
esta lluvia de rabia y de impotencia
que hilvanada a ese otoño prematuro
se me asoma insolente a la mirada,
desborda los límites del párpado,
y humedece la fiebre de los labios
donde arde en silencio la palabra.

© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Septiembre 2008

miércoles, 8 de octubre de 2008

La pluma
























Como a la tarde que pasea el huerto,
apenas si le quedan a la pluma
un par de susurros que destilar,
entre yermos arpegios de tristeza,
por la estepa desértica del folio.

Afuera, donde aún canta la chicharra,
donde la vida y la muerte es algo que
se decide a capricho del dios dólar,
donde el universo es menos humano
y al diablo se le pinta con turbante,
danzan sueños las hojas del madroño
con la brisa serena del ocaso
y tamizan gajos de un sol caduco
ajenas a los odios por decreto
que cobijan las ratas de trinchera
o al llanto de hambruna seca, avergonzante,
que destila el sur sobreexplotado.

Las espinas de las zarzas del arroyo,
acuchillan la queja de la tarde
y camuflan las moras a los tordos
en los lirios violetas del ocaso
que desangra sus últimos suspiros
por el pasto agostado por cien soles
y enmudece su canto la chicharra,
como, gastada de soledad, un día
calló la voz social, comprometida,
de maestros Luciferes de la pluma.


A cubierto de oídos indiscretos,
como un canto de sapos entre el barro,
vicia el aire el eco somnoliento
de la voz de bufones cortesanos,
que ciegos de codicia acomodada
amordazan tormentas de desiertos,
se tragan el rigor de las afrentas
y bañan de azúcar las metáforas,
con tal de ver impreso y empastado
su estúpido vómito literario.

Es la hora del silencio y la pluma,
cansada de escalar buscando el norte
por la cumbre cenital del pensamiento,
herida por “un rayo que no cesa”
(holograma profano de su muerte)
pone sal en la brecha y espartana
permanece en la lucha que ha emprendido
defendiendo mil y una barricadas.


Sabe a conciencia que su  acerbo credo
será convenientemente silenciado
por la fronda del velo de las sombras,
que no será futuro ni memoria,
ni simiente para una nueva raza,
mas no renuncia al fuego de su aliento
y denuncia alto, claro y con voz firme
una vez más, la última esta noche,
las guerras que el dios dólar acomete
imbuido de razones inventadas.


Por el olivar renace la aurora,
la enredadera asoma a la ventana
un aroma seductor de campanillas,
y la pluma, desangrada en el folio
tras recorrer las sendas de la noche,
acomoda el dolor de su derrota
y enmudece tras los puntos suspensivos...


© Antonio Urdiales Camacho~ ® Noviembre 2004

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Vestidas de harapos

























Aunque vestidas de harapos,
desentierro del silencio mis palabras
por ver si el huracán del miedo se sosiega
y el cincel de la pluma talla a mano
mil dolores ajenos que me habitan.

Mas todo intento es inútil,
he vivido tanto tiempo amordazado
que ni un suspiro
desgarra la garganta sometida,
ni una queja
se expone valiente frente al mundo.

Y así un día,
y otro...
y otro más...Siempre al calor
de la puta vergüenza acomodada.
Hasta que la rebeldía se sublima
y desborda una lágrima insurrecta,
que enjuga sin demora -por si acaso-
el paño callado de mi cobardía.

Abatido de angustia y de mutismo,
me miento que esta guerra no es mi guerra
y cicatero en mi entrega sucumbo
en el bullicio afásico de la noche.

Otra vela solitaria que se apaga
sin que su llama temblorosa logre
alumbrar más allá del horizonte
que alcanza la distancia de mi ombligo.

Hoy, uno de enero de dos mil ocho,
como ayer, y mucho me temo que mañana,
veinte mil niños morián de hambre,
pero yo estaré a salvo en mi silencio,
libre de toda sospecha de homicidio.

Y en el balance banal de mi existencia,
anotaré otro año más en el debe del olvido.

© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Enero 2008

A VECES

    A veces, sólo a veces, entre los brazos nerviosos de la espera, mientras surfeo soledades por las áridas dunas de mis pesadillas...