viernes, 2 de julio de 2010

Como una maldición














Apagado el candil que hizo de estrella,
con pies de polvo, entre guijarros,
caminamos un tiempo a tropezones,
como esas hojas hastiadas de verano
que arrastra a su capricho el viento impetuoso.

Después,
como una maldición,
algo se interpuso en tu camino
y como se pierde el aliento con la muerte
entre silencios
terminaste por perder las huellas de mis pasos.

Durante un tiempo, mi sueño,
por los márgenes del viento,
deliró un gesto tuyo, una sonrisa
que no deshojara margaritas
ni viniera envuelta en celofanes,
que se acercara a mis miserias
con labios de fuego sin pijama.

Pero fue en vano la espera,
el otoño caducó la hoja que hoy
se arrastra por el suelo putrefacta.

Mas no te apures, amor esquivo,
que no es verdad que no te eche de menos,
porque aún espero que vengas a leerme
y te busco en cada instante que me evitas.

Mas si vieras que salpicado de nostalgia
mi árbol se derrumbara humedecido
no pienses bruja idolatrada,
que lloro tu ausencia ni un instante;
será, tal vez, que juguetón el sol
ha osado herirme las retinas
y la savia me rebosa por los ojos.

© Antonio Urdiales ~ 3 Noviembre 2003

viernes, 18 de junio de 2010

Así, entre nosotros




Confirmaron las runas su tétrico presagio
y nada aconteció como auguraban los sueños.

Hoy, harto de mentirme por arenas vagabundas,
me siento al relente del raso de la noche
y medito al pairo del rocío de los párpados
si partir en verdad fue necesario
si en verdad fue imprescindible tanta ausencia
porque así, entre nosotros,
nunca hallé Eldorado de encontrarme.

Y aunque al regresar los pasos
jamás coincidan con las huellas de abandono
que en mi locura apresurada dejé al partir,
ni mis palabras encuentren un lugar junto a tu oído,
ni tan siquiera una mirada furtiva
sonroje estos versos indolentes,
desnudo de silencios arraigados,
que desvelan poemas imposibles,
retornaré por senderos de locura
hasta el sol de tus laderas, complaciente,
porque ya no puedo contener más este ansia,
ni aguantarme la mirada sin romperme,
sin que se muestre tu rostro en mis pupilas
y deguste tu aliento con mi boca
mientras me nombras el más canalla de tus dulces
y te haces miel entre mis brazos.

Porque, así, entre nosotros,
reconozco que siempre me espantó el silencio
que no soporto la soledad de mi sombra en las paredes
y que me asfixia el azogue envenenado
de la callada y lisa voz de los espejos.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Febrero 2010

viernes, 7 de mayo de 2010

Quiero hablar de ti y de mí

.



























De nuevo, recojo los escombros de mi voz rota
para hablar de ti y de mí, ahora que duermes,
cuando la palabra cansada que te habita
se ha quedado dormida entre nosotros
y yo velo tu desnudez entre las sábanas,
y me abrazo dulce al tibio aroma de tu cuerpo
para no molestar los sueños que te ocupan.

En estas horas peregrinas de recuerdos
y en este silencio terco de soles y susurros,
antes de que el sopor me nuble la memoria
pero después de que haya cantado el gallo por tres veces,
no voy a fingir más fortaleza que la justa,
para confirmarte que a pesar de que piensas lo contrario,
nunca he tenido la dureza del topacio,
que como tú yo también a veces me derrumbo,
y que ante el beso asesino de la vida
camuflo tras la sombra oscura de un silencio
el fracaso avergonzado de seguir navegando a toda vela
por laberintos sembrados de dogmas ya inventados,
aunque siempre a favor del vértigo natural de mis arterias,
lo que a menudo me obliga a bogar contra corriente.

Hay veces, también, a qué negarlo,
que el cansancio me horada las entrañas,
y el temor de no haber llegado hasta tu meta
se hace pálpito y se funde con mi aliento
cuando siento que hasta mis dioses abatidos,
reculan ante la duda de su instinto
y han perdido ya su eternidad en el paraíso.

Y ahora, cuando un eco de deseos incumplidos
comienza a difuminar el horizonte inaccesible,
quiero hablarte así, de mente a mente,
del poso de dolor que oculta mi sonrisa,
erosionada por soles eternos en la brega
intentando evitar ser náufrago en las olas
de este océano bravucón e indescifrable que es la vida,
y pedirte perdón por obsequiarte, quizás, tanto desengaño,
tal vez, porque a menudo aposté mi resto a una jugada,
cuando el futuro es siempre tahúr experto
que invariablemente juega con los dados cargados,
o, tal vez, porque en la eterna ceguera de mi suerte,
un eclipse de sol me negara la luz en mi viaje
y aún no haya podido bajarte la estrella prometida.

Mas no quisiera desnudarme sólo a medias
ni dejar escondido en las sombras de lo inconcluso
ningún resquicio por donde la duda asome sus quimeras,
que es hora ya de agradecerte, sin ambages,
que el dulce equilibrio de tus pétalos sutiles
aromara con su encanto la locura juvenil
que se saltaba a la torera mis trincheras,
la sinceridad de ser tan tú como tú eres,
los dos rayos de sol con que alumbraste nuestras vidas
y las infinitas dulzuras que sembraste
por los surcos desbocados de mi instinto.

Pero llega el momento de plegar velas
y abandonar el sereno mar de los recuerdos,
que regresa el alba a insuflar vida a los sueños,
a conquistar el reto oscuro de las chimeneas
y a pintarles color a las petunias en el parque.
Por el aire renacen nuevos lamentos de campanas
y el milagro del día a día vuelve a hacerse cotidiano
mientras que yo, por defender mis rincones derruidos,
dibujo, sin complejos, a partir de tu aroma la sonrisa,
recargo, sin pereza, una vez más mis sueños de esperanza
y acorto, sutilmente, la distancia en el abrazo,
que es terca la razón esta de amarte
y la tristeza nunca resistió, al menos en mi caso,
los cálidos embates del deseo.

Buenos días, amor.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Mayo 2010

domingo, 21 de marzo de 2010

Hoy no (Poema para el Día Mundial de la Poesía)




Cualquier día de estos callarán mis versos,
pero todavía no.

Porque hoy supuran los verbos sin misterios
por el filo de mi lengua crotaliana,
y el miedo repelente y los lamentos
se esconden aún más lejos todavía
de la distancia que impone la estrategia
de ese tiro de piedra que se enfrenta valeroso
a la mirada asesina de las balas,
intentando impedir a pecho descubierto
que el ansia expansionista que atesora
el dios de los demonios con kipá,
les siga empujando hacia la nada
y que sus casas sigan sucumbiendo
entre los dientes de acero de bulldozers
que parieron los llantos excesivos
en el sombrío muro de las lamentaciones.

Tampoco callaré lo que otros callan
intentando excusar lo inexcusable
y aunque salten las alarmas de los templos
porque he robado las llaves al silencio
y he profanado la puerta de la celda
donde mantienen secuestrada a la palabra,
hablaré del apetito indefinible y enfermizo
de aquellos pederastas que amparados
en el poder del silencio de los claustros,
o en la oscura virtud de sus sotanas,
abusaron de forma sistemática y canalla
de multitud de niños inocentes en colegios
sin que el Papa o sus réprobos ministros
levanten la voz desde sus púlpitos
o excomulguen a nadie de los suyos.

Cualquier día callarán mis versos, sí,
pero todavía no.

© Antonio Urdiales ~ 21 Marzo 2010

sábado, 6 de febrero de 2010

Poco a poco






Como heridas de plomo
las alas de los ojos,
le fueron anclando la mirada a la ventana
y el jilguero alegre de su verbo,
-amante natural desde la infancia-
con el vuelo derrotado de horizontes
acabó prisionero taciturno
en la oscuras celdas del silencio.

Aún decía mi nombre en el ocaso
y me preguntaba por ti, Josefina,
cuando abrazada dócilmente a su letargo
con ese paso cansado del regreso
fue rompiendo los lazos afectivos
que la unían a un presente desbocado
y retornó por hebras de recuerdos
a la eterna espera del amado
ante la puerta de una cárcel donde,
vencido en la guerra, se pudría el terror
al chirrido letal de los cerrojos al amanecer;
o a las fabricas de un París almidonado
donde emigró su hambre adolescente
y donde la alegría de su hermana
acabó agonizando bajo las ruedas de un coche;
o hasta la plaza polvorienta de su pueblo
donde quizás le diera el primer beso al esperado,
sin entender por qué a este lado de su vida,
inflamado del enraizado amor de hijo que me habita,
un desconocido abría la puerta de su intimidad
y le atusaba sus cabellos plateados con paciencia
o abrazaba con ternura sus momentos del pasado,
y en su ceguera
le daba cariñosos besos a su infancia.

Y poco a poco,
como se evade la fragancia de un aroma,
el paso ágil de su sombra
fue dejando de dibujarse en las paredes
y se fue disponiendo para el sueño,
amarrada a una silla de ruedas, primero,
y anidada entre sábanas, después,
hasta que el aliento,
una vez marchita la esperanza,
comenzó a divorciarse del deseo
y sin ruido alguno, como fue su vida,
gastó su último suspiro,
tomó su tren hacia su noche
y se hizo recuerdo eterno en mi memoria.

A la memoria de quien el Alzheimer me fue robando poco a poco, mi querida madre.

© A.U.C. ~ 22 Enero 2010

viernes, 15 de mayo de 2009

¿Quién no se soñó poeta?















¿Quién,
tras olas cáusticas de hastío,
no abandonó el timón de los aullidos,
recogió palabras al ocaso
y navegando al pairo del silencio
no se perdió tras las sombras
en la calma chicha de un suspiro?

¿Quién,
infectado de ausencias cotidianas
no acudió por urgencias a la noche,
traspasó el umbral de sus misterios
y a la nostalgia callada,
que siempre está de guardia,
no suplicó, tal vez, una palabra amable?

¿Quién,
amparado en lo efímero del tiempo
no vistió de sonrisas su regreso
atusó los cabellos a la espera
y sobreviviendo su muerte prematura
no se mordió la pena a dentelladas
para callar su derrota frente al mundo?

¿Quién,
ciego de buscar en las tinieblas
no agarró el bastón de la botella
se sumergió en la ciénaga de las sombras
y hastiado de escribirse en soledades,
no tomó la pluma y de un plumazo
escribió silencio y puso fin a su poema?

¿Quién, en fin, no se soñó poeta en algún momento?


© Antonio Urdiales ~ Julio 2008

sábado, 4 de abril de 2009

Qué lejos quedaba la sonrisa


De sentimiento a sentimiento
como dardos impregnados de veneno
volaban sin descanso los insultos
intentando derribar las murallas del contrario.
De pronto, en parábola perfecta,
le llegó el primero. Sobre un ojo.

Fue el que abrió una grieta en sus defensas
y vistió de luto riguroso su arrebato.

Bastardos de los celos y la ira,
implacables cirujanos de su arrojo,
fueron cayendo uno tras otro,
hasta extirpar poco a poco su entereza
y barrenar la fuerza de su instinto.

Entre borrascas de alcohol,
disculpas mendigadas y perdones concedidos,
hubo tantas tormentas cada año
y eclipsaron el sol a tantos días,
que su miseria acabó acostumbrándose
a un cruento genocidio de promesas,
a esconder el temor en su mirada,
al estruendo del puño en pleno rostro,
al eléctrico escozor de la piel tras cada cintarazo
o al lúgubre crujido del zapato contra el hueso.
Sólo el pavor a las irascibles consecuencias
y la sumisa moral educativa
inseminada en colegios religiosos,
lograron que no aireara al mundo
el amargo dolor de su fracaso
y aprendiera a arrebujarse en su defensa
intentando que los golpes dejaran menos marca,
sin encontrar jamás una válvula de escape.

Qué lejos quedaba la sonrisa
de aquella fotografía donde vestía de blanco
y cuánto odiaba ahora aquel momento.

La felicidad es una utopía inalcanzable,
se repetía día tras día,
olvidando en su ceguera que el horizonte
no acababa en el umbral de su puerta
y que sólo un paso más allá
hay siempre un tren esperando
con parada obligada en la estación Esperanza.

Y cuando quiso reaccionar ya fue tarde,
llevaba asimilado hasta la médula
el mordisco de la muerte en cada golpe,
el espanto de los lirios en el rostro,
el pavor atravesando las pestañas,
y la sangre gritando a borbotones
su cálido y húmedo escalofrío
por los huecos de veinte cuchilladas.

Ni siquiera alcanzó a oír
el seco sonido de la muerte
al golpear la acera con su rostro.

© A.U.C. ~ Octubre 2008

domingo, 22 de marzo de 2009

Orquídea juvenil










 
 
 
 
 
 
 
 

Cierra los ojos para no ver tras el espejo
la desnudez que encierra su congoja.

Caprichoso error que cometió Natura
le aprisiona el alma en un abrazo
que le oprime brutal hasta el aliento,
le acuchilla con dudas la conciencia
y le atrapa indeleble los sentidos.

Flor andrógina en el jardín de Venus
es orquídea nacida en el de Lesbos
que derrama sin mesura sus colores
porque anhela beber el rocío ardiente
del suave terciopelo de las rosas.

Como sombra desprendida de su ente,
se camufla en noches de aquelarre
imitando el fulgor de los cometas,
mientras persigue el encanto fluorescente
de la luz fugaz de las luciérnagas.

Enclaustrada en el misterio que le agobia,
rebusca sin descanso otros infiernos
donde agotar el fuego que rebosa
el volcán de sus curvas perfiladas,
que agonizan ahítas de deseo,
soñando posesiones homogéneas.

Mas languidece expectante en el ensueño
y como el lago abrazado por la niebla
se consume en la espera taciturna
de que un pincel de sol le pinte azules
que hechicen el vuelo sutil de la libélula
y la atraigan a beber en sus riberas.

© Antonio Urdiales Camacho ~ Abril 2002

miércoles, 4 de marzo de 2009

A pesar de esas curvas sinuosas



















A pesar de esas curvas sinuosas
que, sugerentes, invitan al abrazo;
de ese brillo aceitoso de tu piel
que refleja, como un sueño irremediable,
la sombra atardecida de mis ansias…


A pesar de esa pose de abandono
que sofoca el sopor de los sentidos
y estimula al amoroso roce,
a la caricia dulce de unos dedos
que hagan ascender por tus quejidos
eternos vuelos de tenues mariposas…


A pesar de esos duendes que te habitan
y de esa levedad de tu cintura
que busca el acomodo de mis brazos,
o de esa dejadez, de esa desidia,
con las que ahíta de lujuria exhibes
la obscena desnudez del santuario,
donde el eco se evade melodioso
en orgasmos de notas imposibles…


En esta noche eclipsada de angustia,
no rasgaré la armonía del silencio,
ni te daré mi abrazo milonguero,
ni danzarán mis dedos vagabundos
por la escala de trastes de tu mástil,
amada guitarra mía, hasta que el alba
se beba sorbo a sorbo mi tristeza.




© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Marzo 2006

sábado, 21 de febrero de 2009

Buenos días, tristeza














Cuando la luna se esconde
se recoge el silencio de las sombras
que han lamido los aullidos de los perros.


Casi sin estruendo,
musitando apenas,
gemidos de un poema inacabado,
derrumban 
                    agotados 
                                      los cimientos
que sostuvieron castillos en el aire
y me sirvo la última copa de amargura.

Corsario de sueños imposibles,
el sol del amanecer despeja
los restos del naufragio del delirio
y transborda a su bajel de realidades
el cofre cicatero de un tesoro
repleto de miserias cotidianas.


Derrotadas,
las ilusiones rompen esclusas
y desbordan una lágrima furtiva
que resbala lenta hasta la copa.


Se aprietan los dientes hasta la queja del crujido,
se espantan los quebrantos de las dudas
y la mirada desafía retadora el horizonte.


Temblorosa,
la rutina toma la copa
y la vida,
ardiente de soledad,
se traga en su lánguida miseria
la lágrima y la amargura.


Buenos días, tristeza.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Marzo 2003

jueves, 5 de febrero de 2009

Cinismo existencial















Porque en la abstracta telogía de las palabras
vivir y morir son verbos tan parejos
que se conjugan siempre al mismo tiempo,
dejaré la soga o el disparo a los cobardes
y el salto mortal desde el puente a los herejes,
enterraré, sin inmutarme apenas,
en el santuario concurrido de la ausencia,
el miedo ancestral a los sepulcros
y me iré suicidando poco a poco hasta mi noche,
sudando a fuego lento el día a día.


Que no es otra cosa la vida
que un suicidio ejecutado por entregas
donde caben unos pocos regocijos
y, como contrapunto, todos los tormentos.


© Antonio Urdiales Camacho ~ ® Octubre 2008

A VECES

    A veces, sólo a veces, entre los brazos nerviosos de la espera, mientras surfeo soledades por las áridas dunas de mis pesadillas...